India no es lo que la gente suele imaginar. “Relajante, pacífico, espiritual, te cambia la vida”, suelen ser algunas de las descripciones con las que los turistas que suelen acudir a este país, tour de agencia de viajes precontratado y hoteles de cinco estrellas reservados, lo describen. Normalmente la ruta básica del turista la forman: Nueva Delhi por ser la capital, Agra y su Taj Mahal como principal atracción de feria – aunque casi ninguno de sus visitantes haya siquiera abierto la guía de viajes para leer sobre su historia y arquitectura casi simétrica -, y Jaipur, donde la parada en el Hawa Mahal o “Palacio de los vientos” para hacerse la típica foto para Instagram, es su principal atractivo. Algunos con más suerte, tiempo y presupuesto podrán llegar, incluso, a Jaisalmer y adentrarse en el Desierto de Thar. En todos estos destinos lo último que vas a encontrar va a ser paz, espiritualidad o autenticidad. No son lugares místicos o sagrados, ni muchísimo menos, y para quien no tenga paciencia van a ser un infierno. En cuanto a su autenticidad, dependerá de lo que cada uno esté dispuesto a querer aventurarse.

Sin embargo, para aquellos que quieran acudir a esa India de ensueño; esa India de colores, espiritual, abierta, divertida, sonriente, tranquila dentro de su caos, la que se deja entrever en las películas americanas que intentan imitar el estilo bollywoodiense, deberán desviarse en su camino de Jaipur a Jodhpur y adentrarse en el pequeño pueblo de Pushkar.

Ubicada en la región del Rajastán, Pushkar es una de las cinco ciudades sagradas de India. Cuenta la religión hindú que los dioses dejaron libre un cisne con una flor de loto en su pico, y allí donde éste dejara caer el loto, el dios Brahma daría su ofrenda. El cisne depositó esta flor en el lago de Pushkar, situado justo en el centro del pueblo.

Al ser una ciudad sagrada, comer carne y beber alcohol está completamente prohibido, al menos de manera oficial.

A día de hoy, esta pequeña ciudad del Rajastán tiene dos tipos de turistas. Por un lado todos los hindúes que acuden en su peregrinación para purificarse bañándose en el agua del lago donde, además, reposan las cenizas de Mahatma Gandhi. Por otro lado, todos aquellos occidentales dueños de tiendas de ropa y complementos, que usan Pushkar como ciudad dormitorio mientras compran todas las telas, y elaboran los diseños de su próxima temporada. Materiales y mano de obra a un precio más competitivo que en su país de origen. Por eso, estos comerciantes pasan unos tres o cuatro meses al año en India y vuelven a casa cargados con los diseños más espectaculares. Todos “hechos a mano”.

El turista occidental que va a Pushkar simplemente por el placer de visitarlo se enamorará completamente de todo. En primer lugar, habrá que llegar al lago, descalzarse, bajar sus escalones y deleitarse con cómo cientos de hindúes se sumergen, juegan, lavan la ropa, nadan y tiran flores en su agua. Su fe y devoción, su entusiasmo, y su adoración y entrega calan en todos esos observadores que no consiguen entender qué están viendo, pero que se dejan llevar del espectáculo. Da igual si eres creyente o no, la felicidad que irradia este paraje único llega a todo el mundo. Por la noche, y si tienes suerte, puedes asistir a rituales propios de esta religión donde, con la ayuda de fuego, flores e inciensos, todos los devotos cantan, bailan y rezan.

Pushkar resulta el lugar ideal para abstraerse de la realidad de India. Lo más seguro es que el que lo visite ya haya vivido el caos de Delhi o Jaipur, por lo que el ruido y el ajetreo de esta ciudad le parecerá insignificante y, cuando superas el shock inicial del país asiático, el que haya claxons, gritos, olor a especias, el que todo el mundo te pare para hacerse una foto contigo, el que en cinco días hayas tenido dos propuestas de matrimonio, y el que entre una vaca y tú siempre tenga prioridad la vaca, resulta hasta divertido. Pushkar tiene todo esto pero en el nivel justo para sentirte en otra cultura diferente sin que esta te sobrepase. Aquí los tenderos te tiran y te ofrecen flores mientras pasas y siempre hay música de fondo.

La ciudad es un centro comercial en todos los sentidos. Sólo hay templos, restaurantes y pequeñas tiendas donde comprar tobilleras de plata y todo tipo de accesorios, blusas, faldas y vestidos con todo tipo de estampados, mantas de mandalas, carteras y bolsos de cuero, e incluso los tradicionales saris. En resumen y para que se entienda, todos esos productos que encuentras en los mercadillos boho chic y que parecen tan únicos vienen de Pushkar, donde una tobillera de plata, de esas que en España cuestan unos 12€ porque “están hechas a mano y solo hay una de cada modelo”, en estos puestos, proveedores oficiales de comerciantes occidentales que hace tiempo descubrieron el negocio, cuestan unas 100 rupias, es decir, alrededor de un 1,5€. Eso sí, siempre regateando.

Al estar siempre frecuentada por comerciantes europeos, este pueblo ha conseguido adaptarse a sus huéspedes en todos los sentidos. Por un lado, y a excepción de los templos, cualquier mujer puede ponerse un vestido o pantalón corto y enseñar los brazos sin que todos los hombres del lugar se giren a observarla, cosa que después de unos pocos de días en India soportando cierto tipo de miradas y comentarios, se agradece. En este mismo sentido, los comerciantes, camareros y demás trabajadores de cara al público están hechos a las costumbres de sus consumidores, lo que facilita cualquier acción cotidiana, como el querer trasnochar, aunque es cierto que en Pushkar no encontrarás ambiente nocturno al estilo occidental.

En cuanto a la comida, puedes pedir desde pizza hasta un buen cashew curry, e incluso huevos fritos con patatas y vino español, aunque si he de aconsejar una bebida de este pueblo, y de India en general, sin lugar a dudas será la Lemonana, una especie de granizado de limón y hierbabuena que, después de casi un año viviendo en India, solo encontré aquí. Sin duda alguna, es un must en este pueblo. Hablando de bebidas, al ser ciudad sagrada, el alcohol está supuestamente prohibido. No obstante, y gracias a esa tendencia turística, si que hay ciertos establecimientos que te sirven una buena cerveza bajo el nombre de special black tea, siempre oculta entre servilletas. La carne no ha corrido la misma suerte, y para poder comer aunque sea pollo, habrá que coger el coche y conducir hasta un bar de carretera donde veas un letrero que diga bien claro “CHICKEN”.

Pushkar no es solo sus tiendas y el lago, este pueblo se encuentra limitado por dos colinas, que ejercen de centinelas de la ciudad. En lo alto de ambas hay dos pequeños templos y un camino de luces entre la montaña te guía hasta la entrada de ambos. La primera de las montañas, la más pequeña, requiere algo de resistencia para subir a su cima, y se recomienda empezar el ascenso una hora antes del atardecer, para poder llegar a su cima al inicio de este. En los más alto, un pequeño templo de color rosa con banderas rojas, una terraza para ver el atardecer y un local que carga una bandeja con varios vasos de té esperan. Un té para cada visitante. El templo, llamado Pap Mochani y dedicado a la deidad Ekadashi Mata no es más que una habitación para rezar, un campana en su parte lateral y la terraza. Desde este templo el atardecer se esconde tras el pueblo de Pushkar, el cual tienes a tus pies.

La segunda de las montañas es la más alta, y habrá que subir unos doscientos escalones para llegar a su cima, aunque existe la opción de subir en teleférico. En el caso de que se haga andando, se recomienda empezar la subida de madrugada para poder ver el amanecer. Desde su cima se puede apreciar toda la extensión del Rajastán, llegando a vislumbrar el Desierto de Thar. El templo que corona la montaña es el templo Savitri Mata dedicado a la diosa Savitri, una de las dos esposas del dios Brahma.

Un oasis en el que escapar de la realidad de India sin dejar de estar en India, eso es Pushkar. Ciudad sagrada, centro de peregrinación, ciudad dormitorio y el centro comercial más especial del mundo. Indios, creyentes o no, occidentales que quieren hacer yoga, descansar y respirar, vacas pintadas de colores, cascadas de flores, gritos, música y puede que alguna moto algo descontrolada. Pushkar es todo eso y más. Sin duda alguna, una de las maravillas ocultas de la antigua colonia británica.

Sin embargo, no olvides en qué país estás y multiplica por siete los tiempos de espera, aprende a esquivar motocicletas, hazte un máster en regatear, acostúmbrate al picante, respira hondo, y ten mucha, pero que mucha paciencia.

La experiencia merece esos pequeños esfuerzos.

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