La arquitectura nació del trabajo de la piedra, de la tierra y el agua, de las pieles de animales para diseñar refugios cálidos, de la madera y las hojas de los árboles. Pensamos que la arquitectura empezó con un rascacielos, que de repente se comenzó a construir empleando acero y cristal, y nos olvidamos que la arquitectura es una disciplina tan antigua como el ser humano casi.

No es de extrañar que esta relación se haya alargado a lo largo de los siglos, y que cada vez más, la naturaleza sea parte importante de las nuevas formas de edificar. La integración se antoja indiscutible, principalmente por la necesidad de optimizar nuestros recursos naturales, y no depender tanto de los artificiales que están destruyendo el planeta.

Las fachadas ajardinadas, el aprovechamiento de la luz solar para el abastecimiento energético de algunos edificios, la instalación de huertos con los que desarrollar un pequeño ecosistema en la jungla de cemento, y ahora, la integración de cascadas en algunas de las obras de ingeniería más reconocidas del mundo, determina inequívocamente, que lo que viene de la Pachamama, tiene que tener su lugar entre nosotros.

Más allás de la espectacularidad que este tipo de instalaciones aportan a cualquier construcción, el aura que genera el fluir de una cascada dentro, o fuera de un edificio, la sola caída del líquido elemento , despierta una sensación de escape y relajación exclusiva de este majestuoso fenómeno natural.

En Guiyan, capital de la región china de Guizhou, se erige el descomunal Liebian International Building. Un mastodonte de 121 metros de altura que dispone de una impresionante cascada artificial de 108 metros que emana del propio edificio. Diseñado por el Ludi Industry Group, el prodigio de la ingeniería utiliza cuatro bombas hidráulicas para expulsar tal cantidad de agua. El coste energético de esta excentricidad es de 118$ por hora, siendo el agua reciclada de la lluvia. Una curiosa contradicción el empleo de semejante cantidad de energía, para que el agua, reutilizada para la causa, fluya en las ocasiones especiales que esté activa la cascada.

No muy lejos del gigante asiático, en Singapur para ser exactos, encontramos otro ejemplo de la incorporación del agua a una estructura absolutamente modernista. El nuevo aeropuerto del pequeño país singapurense, el Jewel Changi Airport, ha sido diseñado por el prestigioso arquitecto Moshe Safdie, y dispondrá de la cascada interior más alta del mundo. El agua de dicha instalación caerá de unos 40 metros por una suerte de vórtice que se proyecta desde el techo del propio aeropuerto, diseñado en cristal y acero. Su inauguración está programada para este mes de abril.

Por si no fuera suficiente, en Singapur también, el estudio Wilkinson Eyre, junto a Grant Associates, están detrás del diseño y ejecución de los Gardens by the Bay, un complejo de seis torres edificadas con el aspecto de unos árboles, y en el que una cascada de 30 metros de altura preside el entorno, en el que jardines tropicales e invernaderos con forma de concha, dan a la región del sur de Asia ese aspecto selvático en medio de la vorágine urbana que es Singapur.

En 1936, Frank Lloyd diseñó y construyó una casa de vacaciones sobre una cascada de unos 9 metros en la localidad de Mill Run, Pensilvania, sentando un precedente en la arquitectura moderna. La residencia Kaufmann, también conocida como Fallingwater, se encuentra totalmente integrada con el entorno vegetal del bosque donde se haya.

No sólo en los edificios más modernistas encontramos este tipo de instalaciones acuáticas. En el mismísimo Palacio de Versalles parisino, instalaron años atrás una cascada artificial dispuesta sobre el Gran Canal del Palacio. Su imponente presencia, con 40 metros de caída, recibía a los millones de visitantes que se dejaron caer por la que fuera residencia de Luis XIV. Su creador, Olafur Eliasson, creó la estructura dentro de la exhibición de arte contemporáneo que se celebra cada año en el fastuoso complejo real, exhibición en la que han tomado parte otros genios de la talla de Jeff Koons o Takashi Murakami en años precedentes.

Be waterfall, my brick

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